Las Cartas o el Adolfo poeta - cuento de un hombre enamorado

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 ANTES QUE NADA

Esta podría bien llamarse una historia de amor, aunque si he de ser sincero yo ya no sé qué es eso. Creí tener alguna vez la idea, pero hoy por hoy me parece un término muy nebuloso. La verdad no sé ni cómo empezar, los acontecimientos se dieron de tal manera que no pueden contarse linealmente. Igual haré mi mejor intento, y les pediré paciencia y comprensión, ya que yo no soy escritor, sino ingeniero. 


ADOLFO

Se podría decir que todo comenzó con la entrada de Adolfo en el café X, una de esas tardes ominosas para unos y felices para otros. Yo ahora lo conozco, trabaja desde entonces en una de las imprentas ubicadas en Modesto Arreola, entre Zaragoza y Zuazua, a pocas cuadras de donde vivo. Es un buen tipo, y hasta creo que hace medianamente feliz a Paola, que esa tarde compraba orquídeas en la florería X, frente al café. Adolfo había pedido su acostumbrado americano y en la mesa junto a la ventana exterior quemaba el tiempo que le restaba de su hora de comida. Con su inseparable cuadernillo garabateado de apuntes ante él, miraba sin poner mucha atención a la calle. No pasó mucho antes que sus ojos se toparan fugazmente con los de ella, justo cuando pagaba las flores. Para Paola no fue nada, había visto a Adolfo como hubiera visto a cualquier otro por casualidad. Para él en cambio, fue como el contacto mínimo con un virus que luego expande en el cuerpo su dominio: no pudo ya dejar de pensar en ella. 

Los días vinieron desde entonces siempre con la esperanza de encontrarla de nuevo en la florería. Se sentaba en la mesa de la ventana y el tiempo se le iba a veces más de la cuenta. Al salir del trabajo caminaba por las calles aledañas, queriéndola encontrar a la vuelta de cada esquina, o en el rostro de las mujeres que veía a lo lejos, a las cuales alcanzaba sólo para confirmar lo que sospechó con frustración desde el primer momento: acaso ella no vivía en el centro y su visita a la florería había sido circunstancial, vendría de lejos y simplemente no la volvería a ver. Habrán sido algunas semanas en las que Adolfo se empeñó en vano, hasta que por fin su pasión cedió y comenzó a curarse del virus. 

Es bueno señalar aquí que el hombre no es un chiflado, o un acosador siniestro. Yo comprendo muy bien cuál fue la fuerza que operó en él para sumergirlo en ese, llamémosle, trance. Paola tiene una mirada extraordinaria, en todo el sentido de la expresión. En ella sí es válida esa frase de los ojos ventanas al alma: quien los mira, quien se prende. No todos tenemos esa capacidad de mostrarnos desde el fondo con tanta naturalidad, ya no se diga a través de los ojos, o algún gesto, sino con palabras o actos. Y eso muchas veces nos condena a permanecer ignotos para el prójimo, lo que puede ser bueno o malo dependiendo el caso. En el mío debo reconocer que ha sido históricamente frustrante, un obstáculo. Aquí hay que mencionar también que Paola no solo es bellísima por fuera, de hecho, toda su belleza le viene precisamente de adentro, y se le derrama por los ojos sin que ella misma pueda evitarlo. Por eso les encargo que comprendan a Adolfo, que, de haberla visto de perfil, o de frente incluso, pero sin toparse las pupilas, hubiese seguido aquella tarde bebiendo su café y escribiendo sus poemas sin siquiera haberse dado cuenta de la existencia de nadie.   

La tarde en que ella se apareció en la imprenta el virus se manifestó de nuevo con violencia intensificada. Él trabajaba en una tarjeta de presentación cuando escuchó a su compañera atenderla. Las miradas se volvieron a topar y seguramente agradeció no ser tan transparente como Paola, porque la hubiese espantado el montón de sentimientos que se le quería desbordar por cada poro. Volvió su atención a la pantalla con fingida indiferencia mientras Paola volvía la suya a quien la atendía con genuino desinterés. Necesitaba la impresión de una hoja tamaño carta, un diseño primoroso que consistía en una petición adornada de flores y rematada por una cara feliz: 

“Por la seguridad de todos, sé un buen vecino y cierra la puerta con llave” 

😊

Paola esperó su impresión de espalda a la recepción, recargada en la mesa de corte, hojeando unos muestrarios. Adolfo se levantó para servirse un vaso con agua y ofrecerle uno a ella, o acaso preferiría café, en esos días otoñales como que se antojaba mucho. Paola declinó el ofrecimiento con una sonrisa genérica. Adolfo bebió el vaso junto a ella, aprovechando con disimulo cada instante para escanearle mentalmente el perfil. De paso le adivinó el aroma floral que a mi tanto me fascinó en su tiempo. Por esos días aún me contestaba las llamadas y justo en ese rato le marqué solo para saludarla, para recordarle que la llevaba siempre en mi pensamiento, pero esas son cosas que nunca aprendí a decir, ni a hacer entender, de modo que la estupidez que se me ocurrió fue preguntarle por unos papeles que dizque había dejado en la mesa. Ella me dijo que buscaría apenas llegara al departamento, en 15 minutos a lo mucho, y se despidió. Para entonces Adolfo ya había terminado de admirarla completa y su diseño estaba listo. Paola se despidió de él y de la chica que la atendió con otra sonrisa insustancial. Adolfo se hubiera ido tras ella, pero su jefe, que también se sabía comunicar con miradas y gestos, le dio un jalón de orejas con los ojos y lo mandó a sentarse en su lugar hasta que finalizara su jornada con una inclinación de cabeza. Igual el tipo es un romántico, yo sé que prefiere dejar los grandes sucesos en manos del destino, sin forzar nada, creo que lo escribió en alguna pared del centro, con firma y todo:

“Yo no fuerzo nada, los pequeños y grandes sucesos los dejo en manos del destino” 

Adolfo R.

Decidió que, si el universo lo disponía, ya se la volvería a encontrar. Aunque no por ello se quedó sin mover un dedo. Sí, el destino puede tener sus planes y si te toca te toca y si no pues no, pero, ¿iba a desperdiciar la información valiosa que le había enviado con la visita de Paola a la imprenta? Ahora sabía que debía vivir cerca, “15 minutos a lo mucho” había dicho por teléfono, y que debía vivir en departamentos con una entrada común, el diseño que imprimió lo señalaba así: “por la seguridad de todos cierra la puerta con llave” (Adolfo sabía de esas cosas ya que él mismo vivía en departamentos, siempre hay un vecino irresponsable que se cree en Suiza o en Canadá y deja el portón principal abierto). Sería cuestión de redirigir sus caminatas nocturnas del paseo Santa Lucía a las calles que rondaban las instalaciones de la imprenta y esperar pues que la providencia pusiera a Paola en esa ruta estratégica, sin dejar de poner él especial atención a los edificios de departamentos o vecindades con portones cerrados.  

  Ese día había llovido, me acuerdo del atardecer mágico. Ella y yo regresábamos de ver Amor y Barras Bravas, y yo traía un montón de emociones que atribuí a la película. A ella misma la había hecho llorar la escena trágica del cuchillo en el pecho de la protagonista, pero hoy sé que mi sentimiento trascendía esa mera circunstancia. Tuve que hacer un esfuerzo por no llorar yo también, porque una intuición me susurraba al corazón la certeza más aciaga: la estaba perdiendo y no había poder humano que me alcanzara para evitarlo. No sabía cómo, ni por qué, pero creo que desde esa tarde comencé a dejarla ir. Cuando llegamos al departamento Adolfo la esperaba, medio escondido, frente a la acera (el destino había dado su fallo), no le había costado mucho dar con el edificio para él tan anhelado. Habrán sido algunos 4 días en que rondó las calles aledañas a la imprenta antes de que se topara con el diseño floral que Paola había impreso y pegado en un muro lateral del portón moderno y minimalista: 

“Por la seguridad de todos, sé un buen vecino y cierra la puerta con llave” 

😊

Ya referiré cómo es que supe todo esto, por ahora baste saber que el muy enamorado tenía ya más de una hora esperando, hecho una sopa. Luego de estacionar el coche y prepararnos para cenar, Paola había salido para revisar el buzón, como hacía cada tarde. Yo imagino cómo se le habrá iluminado el semblante al ver el sobre con el girasol en miniatura y oler el perfume con el que estaba rociado. Acto seguido (esto definitivamente lo sé) levantó el rostro y he ahí que su mirada se volvió a encontrar con la de Adolfo en la otra acera, que enrojecido y hechizado le sonrió cordialmente antes de continuar con su supuesta caminata.

Por supuesto, el nuevo encuentro le motivó a él a ir más allá. Ahora pasaba cada que podía por el edificio de departamentos. A veces se detenía un poco, haciendo como que revisaba su celular, o se quedaba mirando la copa de un árbol, como buscando algún espécimen que le había llamado la atención. Así hasta el día en que a varios metros antes de llegar al edificio, la vio salir. Cualquiera diría que era la oportunidad, pero creo que ya habíamos establecido que a Adolfo no le gustaba forzar nada. Por lo que se mantuvo a mucha distancia de ella.

Caminaron así varias cuadras. En la iglesia del Sagrado Corazón Paola se detuvo, quitó el cabello que le cubría el perfil con una mano, giró un poco la cabeza y vio con disimulo a su perseguidor. Adolfo supuso que no abordarla ya sin rodeos podría ser contraproducente, pues ¿no era ya obvio para ella que la estaba siguiendo? Lo mejor sería presentarse y hacerle ver que no era un stalker, un loco obsesionado (aunque algo había de eso) o un acosador pervertido. A todas las mujeres les gustan los poetas, más con la barba cuidada y el look de artista que él se cargaba; ello era en todo caso mucho mejor, supuso. Pero incluso entonces decidió insistir en el silencio, en la admiración a la distancia. Fue así que llegaron al café del museo de historia, donde Paola se sentó y ordenó un postre. Adolfo se instaló a dos mesas, pidió un café americano y comenzó a garabatear apuntes en su cuadernillo. De tanto en tanto levantaba la mirada y se encontraba con la de ella, que ahora lo escudriñaba no sabía si con curiosidad, temor o placer. Todo eso se conjugaba en una sola fuerza que lo desencajaba y le hacía perder el hilo de sus apuntes. Poco le dejaba para no terminar hecho un cretino, incapaz de maniobrar siquiera con la taza de café. Antes de terminar reducido a una nada en ese remolino adorable que era la mirada de Paola decidió pagar la cuenta y marcharse. Tuvo sin embargo aplomo para regalarle una sonrisa amable al pasar al lado de ella, que simplemente volteó el rostro, sin regresarle el saludo. Cualquiera habría dejado ahí sus afanes de conquista, pero en un gesto mínimo, Adolfo pudo adivinar una invitación a persistir. ¿Un ligero enrojecimiento de las mejillas? ¿Un espasmo involuntario en la comisura del labio? ¿Un movimiento errático que delataba sus nervios? Ni siquiera él lo supo. Tal vez fue todo de una pincelada. El caso es que se alejó contento, dueño de sí; la siguiente ocasión sería la indicada.  

Volvió al café en los días siguientes (las caminatas por nuestra calle le parecían ya demasiado invasivas). Pensó que la última vez habían establecido un acuerdo tácito para encontrarse ahí a la misma hora, por lo que el siguiente paso sería definitivamente entablar la conversación. Estaba tan convencido de ello que no se dejó desmoralizar sino hasta la tercera semana en que ella no se apareció en el café. En la soledad de todas esas esperas frustradas terminó de escribir varios de sus mejores poemas y al fin se dijo que algo bueno había resultado de sus empeños. No consideró pasar de nuevo por nuestra calle por lo que ya dijimos, y decidió una vez más tratar de olvidarla. Tal vez el universo había cambiado de opinión. 

Trató de reestablecer en los días siguientes su rutina de antes de Paola. Volvió al paseo Santa Lucía por las noches y al café de X a la hora de comida. Y en ese desandar de la meseta a la que lo habían elevado aquellos ojos divinos escribió todavía otras piezas de su mejor repertorio. Era el “efecto Paola” y lo supo aprovechar bien. Pero él no se había dado cuenta del efecto “poesía” que las cartas en el buzón habían provocado en ella, hasta la tarde en que ésta se apareció en el café de X y Adolfo ahora sí categóricamente le vio en los ojos todo el amor que ya le tenía. Fue una visión que aún ahora recuerda con una emoción que se le desborda. No hubo necesidad siquiera de palabras. Él pidió ese día lo acostumbrado y se sentó en la mesa de ella, que se moría por robarle un beso, lo que no se dio sino hasta varias citas luego de esa ocasión. 


PAOLA

Paola se enamoró primero de una idea hecha de letras, aunque esto lo supe hasta hace muy poco. Los sobres le fueron llegando sin una regularidad aparente, pero sostenida. Eso sí, siempre con un pequeño girasol prendido y una fragancia de agua de rosas. La tercera carta versaba sobre su capacidad de poner color a los ambientes más grises y alegrar siempre a base de flores o motivos naturales. No era el estilo más pulido, y ella sabía de estilos pulidos: era ávida lectora de novelas y poesía, obras ponderadas por la crítica como maestras. Más bien dentro de los sobres siempre encontraba una parte de sí misma delineada por ese escritor anónimo, pero de una manera muy indirecta, muy sutil. Estaba convencida de que ese tipo de vibras no las podría tocar alguien conscientemente, o más bien artificialmente. Y en efecto, era un hecho que para ese escritor el color no consistía precisamente en un cuadro, o en el pistilo de un alcatraz, o en el cielo de una tarde soleada, sino en una manera de hacer ella las cosas, o de decirlas, o de mirarlas. En las dos primeras cartas pensó que el escritor secreto simplemente había elegido un arquetipo y lo había revestido de lugares comunes, pero en la tercera una frase por aquí, una palabra usada por allá, una referencia menuda acullá, hicieron clic y algo comenzó a encantarle. Por eso se volvió una rutina revisar religiosamente el buzón cada tarde. 

Llevábamos para entonces meses de un distanciamiento al que nos sometió la rutina una vez que pasó la miel del enamoramiento. Ya saben, la cotidianidad todo lo ensucia y yo, pues no soy el más romántico de los ingenieros. Para mí es más fácil reducir todo a fórmulas. Incluso los asuntos que menos les parezca medibles; lo que no quiere decir que sea de palo. Como ya lo establecí antes, yo adoraba a Paola, pero no se me daba demostrárselo, y ella comenzó a resentir ese defecto mío una vez que dormir juntos, bajo el mismo techo todos los días, dejó de ser la aventura de nuestras vidas. Ambos nos escapamos de nuestras casas e hicimos precisamente lo que no se esperaba de nosotros: no casarnos por la iglesia ni por el registro civil, no hacer una recepción suntuosa, etc. Eso nos divertía mucho y nos hacía sentir especiales, pero creo que cualquiera sea el camino que uno elija, ahora sí que si el destino se entromete no hay ni para dónde hacerse. Ojalá yo lo hubiera escrito tan elegantemente como Adolfo: 

“Yo no fuerzo nada, los pequeños y grandes sucesos los dejo en manos del destino”

No obstante que ya la curva de nuestra relación iba de bajada, aún había momentos en que disfrutábamos de estar juntos, lo que no dejaba de ser para mí un movimiento inercial. Por ahí un autor que Paola leía mucho lo había expresado con genialidad: “todo dura un poco más de lo que debería”. Creo que fue Cortázar, pero x. El caso es que aquella tarde mágica de lluvia en que regresamos del cine y Paola sacó del buzón el sobre con el girasol tan esperado por ella y se encontró a Adolfo hecho una sopa frente al edificio de departamentos la curva se fue en picada. El amor ideal hecho de letras se encarnó en el rostro barbado y simétrico de él, sólo que Paola apenas y comenzó a sospecharlo. 

En las tardes que siguieron ella esperaba, escondida tras las cortinas de la ventana principal, la aparición de ese hombre que la vio y le sonrió de la nada justo cuando ella sacaba el amado sobre del buzón. Así fue que pudo a partir de ese momento ir siempre un paso delante de él. Cuando Adolfo la siguió y ella lo miró en la esquina de la iglesia del Sagrado Corazón, ella sabía perfectamente lo que estaba sucediendo. Por eso no huyó, ni le tuvo miedo. Cuando estuvieron sentados en el café del museo de historia ella imaginó que lo que escribía sería el siguiente sobre. Lo vio de cerca y estableció que era apuesto. Totalmente diferente a mí, por lo menos (Adolfo no se equivocó cuando pensó que la pinta de artista era puntos a su favor). Paola esperó que esa tarde Adolfo la abordara y cuando lo vio despedirse se le derrumbaron sus defensas. Al sentirlo pasar a su lado hubiese querido levantarse ella misma para detenerlo, pero tuvo que hacer un esfuerzo para fingir indiferencia. Esto, como ya lo sabemos, no engañó a Adolfo. Cuando regresó Paola al departamento era ya conscientemente una mujer enamorada, ni qué decir cuando sacó del buzón un sobre más, en donde se refería con detalle el poderosísimo influjo de sus ojos, que no tenían comparación. 

Tendría yo que haber sido de piedra para no haber notado el giro brusco que había dado ella con respecto a mí. Ya ni siquiera me acompañaba al cine, o a cenar, alegando siempre que tenía mucho trabajo acumulado. Pero lo que más me dolía era que rehusaba mirarme a la cara.

Con todo, ella pareció seguir el mismo principio que Adolfo: dejar en manos del destino bla bla bla. Aunque acaso haya sido que tenía miedo de la pasión que se estaba despertando en ella la que la “alejó” de la cafetería del museo de historia. Escribí “alejó” entre comillas porque en realidad todas esas tardes en que Adolfo la esperó “en vano” ella estuvo ahí, viéndolo a la distancia. Ya no quedaba nada de lo nuestro, por lo que estoy seguro que no era por mí que se detenía. Eso sí nunca lo llegué a saber. Tal vez ella llegó a sospechar que el amor no fuese más que una llamarada que al cabo se extinguiría dejando al final siempre algo parecido a lo que tenía conmigo entonces. Aunque (esto sí lo sé) lo que estaba sintiendo por Adolfo nunca lo había llegado a sentir por mí.  Y que nadie piense que me duelo de ello, al fin al cabo y me lo merezco, y hasta se podría decir que fue gracias a mí que lo vio a él con más ardor. Sin llorar.

Paola ya decidía dejarse ver en el museo de historia cuando Adolfo dejó de ir. Las cartas no aparecían más y el mismo Adolfo ya no pasaba por nuestra calle, lo que la hundió en un abatimiento que duró algún par de semanas. Se iba a dormir muy temprano y no había nada que la entusiasmara. Yo intuía ya algo, y me llegué a alegrar de que alguien más le hubiese roto el corazón (fue un pensamiento egoísta y despreciable, pero qué querían, yo también la “amaba” y como he dicho antes, no soy de palo). Igual iba a suceder que recordara un buen día dónde había visto a Adolfo antes. Ató los cabos una madrugada en que se levantó como de una pesadilla. 

–¡La imprenta! –gritó en medio de la oscuridad, con un semblante iluminado, tocado por una especie de visión. Yo me incorporé y ella se dejó abrazar por mí para regresarla a la almohada. Me dio la espalda y se quedó plácidamente dormida, como hacía días no la sentía descansar. Mi adorable Paola.

La semana siguiente descubrió la rutina de Adolfo, que salía siempre a comer a la cafetería X, donde se le apareció una buena tarde y ustedes ya saben más o menos lo que ocurrió. Aunque he de matizar con algunos detalles. Había yo escrito antes que no hubo necesidad de palabras, pero fue nomás por decir. Porque de hecho todo tenía que ver con ellas. Quedamos en que Adolfo se había sentado sin más en la mesa que Paola ocupaba; y que ella lo miraba con ojos delatores, ya sin tratar de esconder nada. Él puso su cuaderno de poemas en la tabla y Paola sonrió porque intuía el asunto de todo lo ahí escrito. Era una sonrisa franca que lo contagió a él. Ambos traían dentro la misma pasión y estaban felices por la coincidencia. Ella miró el cuaderno e hizo un esfuerzo dramatizado para recordar una cita, de la última carta en su buzón:

–“Y ponen luz en los objetos cotidianos, y los días se me llenan de color”. 

Adolfo contestó sin parpadear:

–No hay descripción más exacta de tus ojos.

       Ella se mordió el labio. Todo alrededor de ellos había desaparecido. No fue una plática común entre dos personas que jamás se habían hablado antes. Los nombres de cada uno aparecieron por la mitad de la conversación y a ninguno se le ocurrió siquiera romper la fragilidad de esa armonía buscando razones ¿Cómo había sido? ¿por qué yo? ¿Por qué tú? ¿Desde cuándo fue que…? Todo fluyó como una plataforma sobre baleros bien aceitados, o más bien como la ingravidez de un astronauta en una estación espacial. Ya habría tiempo para poner los pies en la tierra y entonces sí valdría la pregunta ¿Cómo fue que…?  


YO

Ya saben de mí que no soy bueno mostrándome tal cual soy a los demás. A algunas personas les caigo bien por la cáscara, pero no dejan de ser meros conocidos que me invitan a sus reuniones y se toman selfis conmigo para subirlas a sus redes. Acaso los únicos que de verdad podrían dar cuenta de mí y lo que soy son mis padres, que a fuerza de tiempo y de haberme criado algo debían comprender. Si el universo caprichoso se hubiera puesto de mi parte Paola también me hubiera terminado por conocer mejor antes de irse. Porque ella misma era la causa de que estuviese pataleando para romper el cascarón. Había escrito que yo ya estaba como resignado a perderla en cierto momento, pero, de nuevo, no fui del todo preciso, ya que solo referí el juicio de la parte más racional de mí. En esos últimos días de nuestra relación, la otra parte se sentía como en un pozo muy profundo, desde donde le gritaba inútilmente que yo era algo más que fórmulas y números, corbatas y responsabilidades profesionales. Entonces tuve una idea, sería mi último esfuerzo por emerger del abismo y ponerle en la mano mi corazón tal cual: sístole y diástole. 

Lo estaba preparando como sorpresa para el próximo día de San Valentín, fecha por cierto que yo jamás tomé en cuenta antes. A ella tampoco le importaba mucho, pero en todo caso sé que no le hubiera disgustado el gesto. Paola es inteligente y captaría la idea: ahí dentro hay algo más, se diría; y pondría atención, y probablemente habría una oportunidad de recomenzar. Si tan solo me hubiera alcanzado el tiempo.

En fin, que es necesario volver a esa tarde mágica de lluvia en que regresamos del cine y la curva de nuestra relación se fue en picada. Hasta ese día ella y yo habíamos sido malabaristas sobre una cuerda, equilibristas que trataban de no caer al vacío del rompimiento. Aun había detalles como abrazos o sobremesas donde intercambiábamos chismes y reíamos juntos. Todavía me miraba y yo me sumergía todo en ella a través de sus pupilas, me revolcaba y me llenaba de esos ojos y pensaba que había posibilidades, claro que sí. 

Primero que todo. Lo de su obsesión por buscar constantemente en el buzón de unos días a entonces me tenía despreocupado, sabía que su pasión estaba reviviendo por un secreto inofensivo y me fascinó enterarme que volvía a dibujar, que el departamento se llenaba de flores nuevamente y que, en fin, la chispa había vuelto a ella luego de habérsela apagado la rutina. Decidí mantenerme a distancia porque aún había todos esos momentos buenos entre los dos. La mala señal consistió precisamente en ya no verme más a los ojos luego de esa tarde lluviosa. Eso equivalía a gritarme en la cara que guardaba un secreto obsceno, que le avergonzaba su otrora impúdica desnudez: la Eva de mi corazón había mordido la manzana prohibida, lo que me condenó a mí a leer su secreto en todas esas otras maneras de confesarlo.

Luego sucedió lo de su repentina depresión y pensé que los planetas por fin se ponían de mi lado. ¿Recuerdan? Cuando pensé despreciablemente que ojalá alguien más le hubiera roto el corazón. Había tiempo, insistí para mis adentros en esos días y me empeñé en que la sorpresa fuera sublime, ya faltaba muy poco. No fue ese lapso más que un paréntesis odioso que me llenó de falsa esperanza. Las tardes que siguieron luego de despertar por la madrugada con la idea de “la imprenta” comenzó mi verdadero suplicio. 

Tuve que seguirla un buen día, y no me apena confesarlo. Su maquillarse mucho de pronto, su usar de nuevo perfume, su cambio de look y demás detalles me estaban trastornando. Pero ella qué iba a saber, si yo soy capaz de sentir el mundo encima y aún hacer como si no pasara nada. Y les aseguro que no se trata de orgullo, ni siquiera de necedad, sino de la peor de mis debilidades. No le puedo reclamar haber sido tan obvia, pues acaso también fue una manera escandalosa de llamar mi atención. En fin, fue cuestión de una breve caminata dar con el incipiente romance que ya estaba más que gestado entre ellos dos. Pude haberme embarrado en el cristal de la cafetería X, donde sentados uno junto al otro y tomados de las manos reían mientras se decían cosas al oído, y no me hubieran visto. Tan así había dejado el mundo externo (yo con él) de existir para ellos.

Ahora sí mi parte racional y emocional habían coincidido en el juicio: lo nuestro estaba terminado, y me supe de lleno en el flujo inercial del que había hablado antes. Descubrí que Adolfo era poeta y eso me hundía todavía más en la frustración, ya que alguna maestra de español en la preparatoria me había metido en la cabeza que los escritores andan siempre con el corazón en la mano, mostrándose tal cual, justo lo que Paola necesitaba para hacer juego con sus hermosos ojos. Una luz de esperanza leve y estúpida brillaba como una estrella inalcanzable en el cielo: que ellos dos terminasen, que el destino les metiera el pie, que algo de la nada hiciera reconsiderar a Paola, Paola de mi alma, Paola de mi desgracia. Pero eran meras quimeras. 

Las maletas en la sala del departamento fueron la señal de su partida, a un par de días de San Valentín. Yo había desarrollado un terror súbito a sus ojos, pues sabía que el día que los pusiera de nuevo en los míos sería para decir adiós, lo que yo quería evitar por todos los medios posibles. Luego de cerrar la puerta me dirigí a la cocina por un vaso con agua, aflojándome la corbata; traía una nausea que me estaba llenando de un sabor agrio la boca. Cuando voltee a la sala Paola estaba ahí, mirándome fijamente, mostrándose como aquellos días del edén perdido. Para mí fue difícil porque su mirada sació la sed que su abandono provocó y a la vez me confirmaba su abandono definitivo. Levanté el rostro y cerré los ojos, entonces sí las lágrimas emergieron desde el fondo, había roto el cascarón. Ella también lloró, y pude notarle una chispa de contrariedad (apuesto a que jamás le habrá pasado por la mente que yo podía llorar), un mero atisbo, el resto era un sentimiento activado por la tan mentada inercia: “Todo dura un poco más de lo que debería”. Le prometí que la esperaría, que yo no necesitaba un papel firmado o un cura para responder por ello. Ella dijo que no sabía exactamente qué le depararía su viaje, que incluso tenía un poco de miedo por la incertidumbre, no sabía siquiera cuánto duraría la pasión que Adolfo había despertado en ella; eso sí, había algo contundente, definitivo, categórico: ya no sentía nada por mí, y jamás consideraría siquiera regresar a mí. Tan violentamente Adolfo me había sacado del radar. Por eso supe de su misma boca que lo que sintió por él nunca lo había sentido por nadie. 

Yo metí la mano en el bolsillo de mi pantalón; ya no se si fue la parte emocional o la racional la que me empujaba a darle la carta, o cuál fue la que definitivamente me lo impidió. Sólo atiné a desgarrar con los dedos la flor de girasol prendida. Era la última, la que le daría en San Valentín y desvelaría el nombre del “poeta” anónimo que le escribía lo que ella le hacía sentir desde hacía ya muchas semanas. ¿De qué servía ya? Mientras ella tenía una pasión inefable con su Adolfo yo le hacía cartitas; mientras él era un poeta yo era un ingeniero al servicio de una trasnacional que quería con una ñoñería retenerla. El sobre con la flor sin pétalos fue a dar al fondo de un cajón, mientras la veía por la ventana abordar un coche y salir de mi vida. Aunque esto último es más bien una exageración.   


PARA TERMINAR

Debo pedir una disculpa a quien haya llegado hasta aquí. Como dije desde el comienzo, los acontecimientos, las fuerzas que operaron para que esta historia terminara como terminó, sucedieron de tal manera que no encontré mejor solución para narrarlos. Creí necesario que el lector percibiera más o menos cómo fue que Adolfo, Paola y yo los vivimos en su momento para evitar juicios gratuitos o injustos. Por ejemplo, al contarles a mis amigos más cercanos que Paola me dejó para irse con un perfecto desconocido lo primero que se les ocurrió decir, invariablemente, fue un montón de adjetivos e improperios contra ella; y no faltó quien me propusiera quemar a Adolfo, por “acosador y pervertido”. También haber dicho desde el principio que yo era el autor de las cartas no habría permitido hacer sentir un par de hechos fundamentales: el más importante, que yo no pensé en su momento cuán decisivas fueron. Si algún villano ha de haber en esta historia sería el destino, ese en el que Adolfo deja todos sus asuntos; pero ni siquiera me parece válida esa conclusión, y ya verán por qué. De manera que no fue mi intención engañarlos, ni hacer un cuento con final inesperado. 

Y pues bueno, aún falta un pequeño detalle por referir, el cual resolverá un par de asuntos pendientes de este relato ¿Cómo fue que estuve en posición de saber lo que Adolfo y Paola pensaban y sentían? 

Eso lo debo al destino, que no se ha cansado de jugar con nosotros. Sucedió que hace algunos días, en una reunión a la que acudí con unos compañeros del trabajo, me vine topando a Adolfo. Ambos nos reconocimos y por lo menos yo traté de no tener que interactuar con él. El caso fue que el ambiente en la reunión se puso bueno y los alcoholes esa noche me cayeron muy bien y conforme avanzaba la madrugada quedábamos menos y, en fin, terminamos esa fiesta siendo amigos. 

Fue de su viva voz que supe todo lo que padeció en la búsqueda de Paola (y lo que padece ahora porque su situación ya es poco mejor que la que tenía yo con ella cuando se conocieron) y lo que pasó ella en el mismo transcurso. Tan el hombre se quería confesar que me confió entre copas un secreto: su relación descansa en una confusión, en una especie de mentira. A Paola la enamoraron (según sus palabras) unas cartas mal escritas, de pésimo gusto y de nula calidad literaria, que él en sus peores rachas jamás se hubiese atrevido a escribir. Me contó de hecho cómo desde la primera vez que hablaron fue haciendo malabares para, primero, enterarse de que había un escritor anónimo que no era él y segundo, para hacerle persistir a ella en su convicción de que ese escritor anónimo era él. 

Al principio, dada la pasión irracional, no había tenido problema con su acto de prestidigitación poética-manipuladora. Pero luego, cuando ella empezó a extrañar al mal escritor, y sobre todo a encontrar las diferencias de estilo entre esos esperpentos anónimos y lo que él, poeta laureado (un premiecillo local concedido por sus contertulios), escribía, ya no fue tan sencillo. El gusanillo de la duda se le metió a Paola y de unos días acá como que se habían distanciado. Por eso había asistido solo a la reunión. Dicho haya sido de paso, ella me pintaba a mí como al mismo demonio y él se disculpó por haber sido la causa de que lo nuestro terminara, aunque, remató, lo de ella y yo era un cadáver ya desde antes que él se apareciera. 

Comprenderán lo que yo sentí mientras me decía esa confesión. Resultaba que al final del día Paola sí se había podido asomar a ese pozo desde donde yo trataba de hacerme oír; y que mi sorpresa de San Valentín sí llegó a transmitir el mensaje íntegro; y que el emisor de esas palabras era yo y no el barbón artista. No se diga haber ganado en su corazón mis esperpentos por sobre la obra de ese esforzado poeta. Adolfo y yo terminamos cantando en el Karaoke rolas de Soda Stereo y los Héroes del Silencio. Él desesperado, yo iluminado, pensando desde ese mismo rato en reactivar un plan al que había puesto pausa cuando Paola me abandonó. Seguro ya se lo imaginan. Sobra decir que la carta que metí en el cajón cuando Paola se fue estaba obsoleta, requería algunos retoques, una actualización. Así lo hice y justo ahora ya la debe estar leyendo. Si el universo no dispone la contrario, el San Valentín que se acerca sabrá de una buena vez quién es el que le escribe versos, su amante, su amor secreto. 


***


Por Luis Cerceta

Todos los derechos reservados


MÚSICA DEL CUENTO:

-Ramito de violetas, Mi banda el mexicano

-Desnuda y con sombrilla, Silvio Rodríguez 

-No existes, Soda Stereo 

-La chispa adecuada, Héroes del Silencio

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